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Historias para no dormir: el día que me descubrieron en Truman

Era una mañana cualquiera. De esas que llegan después de una noche de despertares nocturnos a la voz de «mami, mami, mamiiiii». Una mañana de ojeras profundas y neuronas vacías. Una mañana como otra cualquiera, de las que salgo pitando, como autómata, cojo la bolsa de la comida, abro la puerta y ¡zas!

– Buenos días. – Me decían.

– Buenos días. ¿Qué tal estás pequeña? Qué guapa vas….

Así comenzaba la situación más surrealista de las últimas semanas. No, no han descubierto que soy «la niña sin nombre» y han venido a pegar a mi puerta para rendir cuentas por lo dicho y hablado sobre Truman a punta de pistola. Y no, tampoco he sido asaltada en pleno Mercadona, mientras elijo los pimientos a la voz de: «alto, es ella…». Ni tampoco, gracias a Dios, ha llegado una circular para convocar una reunión para discutir en público los problemas que acarrean mis posts. Cualquier cosa de estas hubiese sido mucho más admirable y dramática, como a mí me gusta.

– ¿Vas al colé? – En un intento desesperado de cortar el silencio ensordecedor al tiempo que bajamos al submundo en ascensor.

(Silencio. La niña pasa de mí).

– Anda tienes un bebé como la hermanita , qué bonito. – Era un comentario al aire para seguir en la sucesión de estupideces profundas, pero no, ese comentario fue EL COMENTARIO.

Y ahora pasamos al momento, por todos interpretado en alguna ocasión, en el que el padre se pone a hablar como si fuera ella:

– Anda hija, dile como se llama el bebé. Dile como se llama el bebé…

– No, no, no… – Y así, hasta mil noes seguidos.

(Sin entender la insistencia del hombre, llegábamos al final del trayecto… Los dos minutos más largos de la historia…).

– ¿No tiene nombre el bebé? ¿No? ¡Pero cómo va a ser eso! – Y dale, ¡qué fijación! No pasa nada. Déjalo estar… Podemos terminar sin incidentes hablando del tiempo, como todo buen vecino…

– No será que se llama El Niño sin nombre, ¿no? – Silencio sepulcral. Sí, han leído bien. El vecino dirigió la conversación hasta acabar diciendo eso. Estaba clara la estrategia.

(Mi cara lo decía todo. Aunque yo intenté disimular y cambiar de tema).

Se abrieron las puertas. Y todo acabó.

¡Hola vecino! Si ahora me lees aprovecho para saludarte, un placer. Y sobra decir que todo lo que aquí se escribe es producto de mi enajenación imaginación…

Man Speaking to a Woman on Her Porch

* Sí, es ella… La pobre no está bien de la cabeza, pero no hace daño a nadie…

Adiós niño sin nombre.