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Diario de malamadre: cosas que echaré de menos cuando no te tenga…

Desde la clandestinidad escribo, despacio por el hábito perdido, emocionada por el reencuentro esperado, feliz por todo lo vivido y triste por lo que no pudo ser.

No soy yo de cumplir las promesas. ¿A quién quería engañar? Si siempre he sido un poco mentirosilla y tramposa en el parchís. Eso sí, cuando le prometí al PNSN que no escribiría en las tres semanas, cruce los dedos del pie. Las cosas como deben ser.

Y es que tres semanas dan para mucho. En tres semanas te da tiempo a llenarle el cubo de agua a la NSN en la orilla del mar cientos de veces, bajo sus órdenes de «agua». Tres semanas es tiempo suficiente para que la NSN amplíe su vocabulario, añadiendo palabras completas y hasta frases construidas llenas de amor como «¿quieres agua?» o «a la calle mamá». 21 días es el número ideal para que la NSN se convierta en una pequeña tirana, que ha decidido comer todo lo que le da la gana y más, dormir pegada a mí, bajo amenaza de gritos y llantos, chantajear a los abuelos con cara de perro pachón y obligarte a poner el pie en la calle a las 4 de la tarde con el solano y el cuerpo débil de la sobremesa. Tres semanas es el tiempo necesario para que tu mente huya de tu cuerpo y te des a la comida, a la bebida y a la pereza hasta el punto de que te das hasta cuenta de que si sigues con este ritmo acabarías postrada en una cama, siguiendo el zumbido de un mosquito, interrumpido sólo los miércoles para ir a comprar el Hola y los viernes para ver el Sálvame Deluxe.

Tres semanas es el tiempo mínimo para que mi mente haya vuelto a mi cuerpo, pidiéndole marcha y activación. Pero tres semanas es el tiempo para que te lleves la maleta llena de recuerdos, de cosas que se que echaré de menos cuando no te tenga… Cuando te diga adiós. 

Su risa.

No la que nos regala cada día, sino la que comparte con los abuelos al despertarse, con las titas cuando las persigue, con los primos cuando la achuchan… Esa risa nueva, contagiosa que te da energía para superar las noches perrunas que te da.

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Su olor.

El olor de su hogar, el olor de sus besos, el olor de su cuello en un abrazo. Ese olor que se te queda clavado en la mente y que sólo recuerdas cuando vuelves a olerlo y que desaparece, oprimiéndote el pecho, cuando los dejas atrás.

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La luz.

La luz que entra por cada rincón. La luz del sol, de la calle, de los amigos que vuelves a ver… La luz de tus ojos que se iluminan de felicidad y la luz que se apaga cuando los cierras la noche antes del adiós.

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Mi sombrero.

Mi sombrero, mis chanclas, mi pareo, mi bikini… Ese atuendo de gitana que me ha acompañado cada día, dejando relegados a la más absoluta de las desdichas los «modelasos», que un día atrás llenaron mi maleta.

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La familia.

Y esas comidas eternas. Da igual que no los veas o que no hables con ellos, están ahí y los sientes más cerca que nunca, con la ilusión de exprimir cada segundo, cada brindis, cada abrazo…

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Despertar juntas. 

Malamadre se ha apoderado de mí con una fuerza imbatible. He caído en sus redes, he colechado en busca del descanso y el relax merecido y he disfrutado de cada despertar a su lado, de los besos mañaneros y su risa, de sus bailes saltando encima mía y hasta de sus despertares nocturnos buscando mi abrazo.

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Las maletas están llenas de todo esto y más. El ruido del mar y cada instante vivido me acompañan hasta la próxima vez. Ahí te quedas vacaciones, que Truman, Miss Nicaragüense, mis #biutifulzins, las historias para no dormir, los nuevos proyectos, la rutina y todo lo bueno que está por llegar, nos espera… Porque ellos también nos han echado de menos.

¡Allá vamos! Yeahhhhhh.

P.D. No dejéis de ver el resto de cosas que echaré de menos cuando no te tenga en mi instagram @laninasinombre, esa red social a la que me he enganchado este verano y es que una drogadicta 2.0 como yo algo tenía que hacer…

La niña sin nombre, volviendo…

Daily: Mañana puede ser un gran día

Con esta canción de Bebe de fondo…

* Dedicada a la NSN, a little Julia porque mañana es su cuarto cumplemes…

La última vez que me subí al metro andaba como un pato «mareao», medio coja de la ciática y hecha una bola, mirando con cara
de circunstancia, ingenua de mí, por si algún amable señor/a (raras avis) se levantaba para cederme su asiento amablemente. Como os imagináis fuí, otra vez, de pie agarrada a la barra metálica, con cara de indignación, echando males de ojos por doquier.

Mañana haré de nuevo el trayecto de 20 minutos, ya olvidado. Me subo al metro por primera vez después de 4 meses y 18 días. No necesito asiento, pero sí necesito un empujón para salir de él y comenzar esta nueva etapa de mujer trabajadora, ahora también madre.

Después de nuestro retiro espiritual, de nuestros meses de madre a jornada completa, de nuestro día a día juntas, te das cuenta que ser madre, y encima trabajadora fuera de casa, es duro, muy duro. Que las madres estamos hechas de otra pasta y que, mientras la conciliación familiar-laboral real llegue, seguiremos luchando para crecer en nuestras profesiones y en nuestra carrera de la vida como madre, y sí, no moriremos en el intento para demostrar a todos, a los que están dormidos, porque a ellos ni les va ni les viene, que hay cosas que deben cambiar, al menos hasta que la especie cambie o la clonación sea, por fin, un hecho.

Son las 11 de la noche y aquí me encuentro con la mente llena de pensamientos y emociones. Curiosidad por lo nuevo, dudas y miedo ante lo desconocido, pavor ante el caos que se avecina, energía por la vuelta al cole, positivismo por el privilegio de trabajar (o eso dicen…), emoción por el reencuentro, pero, sobre todo, melancolía por la separación. Que por los 3 cubos de lágrimas, que ya he llenado, bien parece que la NSN me ha dado boleto y se ha buscado otra madre.

En estos 4 meses y 18 días mi separación máxima con little ha sido de 1 hora y tan sólo 3 veces en estas últimas vacaciones santeras. Y pasear por la playa, mientras ella juega con los abuelos, a tan sólo 5 minutos no es comparable.

Mi nueva realidad se perfila de otra manera. A 40 minutos de ella, si no hay ningún imprevisto en la red de transportes, que maneja la Srta. Esperanza, y 10 horas de separación, que seguro que me afectan más a mí que a ella (o al menos eso espero). Antes de ser madre me preocupaba el cambio climático, la guerra en Siria, los ajustes en educación y sanidad. Bueno, eso queda muy bien, pero realmente también me preocupaba si iba a comprar el VOGUE este mes, si los tonos flúor eran moda también esta primavera y si la princesa Leticia tenía anorexia, que todo es compatible, ¡oiga!

Ahora mis preocupaciones son otras y mucho más importantes, que algunas deberían ser de Estado:

– ¿Se habrá tomado el bibi enterito?
– ¿Se habrá echado su siesta matutina?
– ¿Habrá echado leche?
– ¿Habrá llorado, tendrá gases…?

Y, sobre todo, lo que más atormenta mi mente es:

– ¿Habrá sonreído? La NSN sonríe cada 2 minutos, por reflejo inconsciente como las locas, por las carantoñas del personal, por hacer el indio o los animalitos delante de ella o simplemente porque ledalaganaypunto. Es una gordi feliz, es así, como dicen sus allegados.

Espero, sólo espero, que no deje de sonreír… Yo ya le he dicho que sea buena, que con Mary Poppins sea una niña refinada y sútil, con modales y que, cuando llegue a casa, me cuente todo lo que ha hecho, que yo intentaré desarrollar súper poderes como volar para estar lo antes posible a su lado. O comprar en eBay, de segunda mano, el gachetobrazo para rescatarla de cualquier mal.

Así que, asumiendo que el transportador en el tiempo que he creado no va a funcionar, toca desempolvar el bolso, el rimmel, los tacones y ¡a por todas! que mañana puede ser un gran día.

Gracias por vuestros ánimos, que me han dado mucha energía para el día «D».

La niña sin nombre en Facebook.